Follow:
Coming of age

F O M O

Me fui a dormir en el pastito unos días y en mi mochila solo llevaba (aparte de los básicos para acampar): una libreta, mi primer iPod, la cámara y cartas de póker. A continuación, la crónica de cómo sobreviví sin mi celular.

10 años de diferencia. tf?!

Desde que tengo tres meses de edad he ido a acampar los días santos con mi familia. Es una vieja tradición, tan vieja que ya se ha vuelto un poquito rutinaria. Cuando crecí y ya no me divertían las barbies ni jugar a las escondidas, cada año era como “¿Y ahora con qué nos vamos a divertir?”. Hace como tres campamentos, en mi cabeza daba vueltas la idea de aislarme de todo durante esos días y eso incluye no llevarme el celular.

Porque verán, soy adicta. En este ensayo escribí sobre cómo nos hemos convertido en esclavos de la tecnología, de las redes sociales. Pero se me hace incongruente haber llegado a tal conclusión y que me valga madres y siga dejando que mi vida gire en torno a mi iPhone. Así que hice mi mochila, metí mi sleeping bag y todo lo necesario menos el celular. Iban a ser un par de días solamente, cualquiera puede sobrevivir a eso, ¿verdad?

Aparte, tenía la esperanza de poder superar mi FOMO.

 

FOMO

| fōmō |

sustantivo

Fear Of Missing Out

en español

Miedo a quedarme fuera. Ansiedad por no ser parte de ().

 

Los millennials tenemos fomo, no me digan que no. Cuando es un evento especial y nos morimos por publicar en las redes sociales que fuimos. Cuando sacan nuevo filtro en Snapchat y ya lo queremos usar. Cuando descargamos la última app que todo el mundo está usando. Es común en nuestra generación, pero no por ser normal está bien. Y tan pronto como admití esto, quise remediarlo.

Así que bueno, imagínenme durante esos tres días:

Nos rodean árboles que son más viejos que nuestros padres, hay dos baños (bueno, para los que no podemos parados). Estoy con mis primos, todos de edades diferentes y la mayoría trae un smartphone y por mayoría digo también mis tíos y mi abuela. Automáticamente me he unido al club de los anticuados-yo-no-entiendo-de-tecnología o los muy niños-para-tener-celular. Y aunque estamos todos juntos, a veces los siento ausentes. Y me doy cuenta de tres cosas:

  1. La mayoría lo checa cada tres-cinco minutos.
  2. La mayoría ha reemplazado las cámaras y relojes por celulares.
  3. A veces nos hablamos pero no nos vemos a los ojos por andar mirando la pantalla.

Y probablemente es súper cursi que me dé tristeza descubrir todo esto. Que me lamente porque es una situación de todos los días y que yo he hecho miiil veces sin querer. Y que es increíble cómo algo que fue hecho para conectarnos nos esté distanciando poco a poco.

Pero bueno, la pregunta real es ¿Lo logré?

Pues sí. Pues no tenía de otra.

¿Sentí ansiedad?

-SORPRENTENDEMENTE- No. Al menos no como la vez que lo perdí por tres días en una finca en Colombia, pero eso es historia para otro día. No extrañé mi celular. No lo ocupé. Me sentí libre, pude prestar atención a otras cosas. Ese aparatito me succiona el tiempo, la energía y a veces hasta cosas peores (la creatividad, la inteligencia). Me vuelve floja y esclava y sin él, el día me rindió como nunca.

Besides, ¿para qué lo usamos realmente? ¿Para qué es i n d i s p e n s a b l e ?

Tomar fotos no, está la cámara.

¿Llamadas? Okay.

¿Calendario? No.

¿Calculadora? No.

¿Agenda? No.

¿Alarma? No.

¿Redes sociales? Quizás, pero después de meditarlo, las redes sociales se han convertido más en un medio para stalkearnos unos a otros que para compartir nuestro día a día.

Y bueno, aunque después de este pequeño experimento no lo dejé de usar, al menos terminé de leer un libro y jugué por primera vez con mis primitas de siete y tres años. La vida está afuera de la pantalla.

¡Nos leemos en la próxima!

 

-Sofía.

You may also like

No Comments

Leave a Reply